Monday, January 30, 2006

Fé y esperanza


Con fe y esperanza, todo se puede en la vida, pero hay que aferrarse a ellas con garras y no dejarlas por nada escapar.

En más de una ocasión en mi vida, ante una pregunta repentina he debido dudar un instante antes de dar la respuesta. Por supuesto que hay casos y casos. Pero si hoy alguien me preguntara muy suelto: ¿qué es lo que más se precisa para abrirse camino en la vida? Sin duda contestaría: Con fe y esperanza viva, todo es posible obtener. Sin ellas todo va decidido al fracaso. En un entorno de vida donde casi todo es miedo, engaño e hipocresía, ¿será posible esperar contra todo viento y marea que lo que uno proyecta y propone tenga éxito final?

Muchos dirán que no, pero la experiencia de aquellos que han perseverado dirán sin duda lo contrario, y con un ánimo inquebrantable nos incitarán a no tener miedo y probar.

En todo el corazón de las criaturas humanas existen momentos felices, de regocijo, que nos regalan calma y paz, con lo cuál nuestra vida se vuelve fácil de llevarla, con ese dulce néctar de la tranquilidad. Pero por otro lado, nos vienen tiempos de indecisión, de pruebas que vienen a romper esa calma y tranquilidad que tanto bien nos produce.

Son muy duras tareas, momentos insoportables en la que las dolencias del cuerpo y del alma se juntan para atacarnos con todo lo que tienen, confundiéndonos de las decisiones y de nuestro destino o hacia donde estábamos yendo. Cuál es la solución para encontrar el camino de salida a la tranquilidad? Qué recursos podemos aflorar a nuestra mente y corazón para romper esos sentimientos de impotencia?


Tiempos no adecuados en los que no puedes buscar soluciones al estilo humano, pues recordemos que cuando todo en la vida parece esfumarse cuál vapor del amanecer;
lo único que nos queda como una luz en el camino es la fé: que no se la debe perder sino enriquecerla !!

Cito el siguiente comentario:

" Aleccionador y oportuno recuerdo el de Jesús reposando en la barca mientras sus compañeros de viaje furiosamente luchaban contra un mar furibundo empecinado en darles allí una mortaja de espuma. Un solo grito se oyó en medio de la tormenta:
"¡Sálvanos, Señor que perecemos!" (Mt. 8, 25). Y al conjuro de un gesto del Maestro que despertaba, las olas se sosegaron y volvió a reinar la calma, mientras de cerca se oía el claro eco de un triste lamento: "¿Por qué tanto temor y miedo, hombres de poca fe?"

Si nosotros igual que ellos sabemos confiar en Dios y esperar sin miedo su ayuda, veremos también calmarse las olas embravecidas de nuestro mar interior y de nuevo encontrar la luz para iluminar nuestras vidas y renovar nuestros sueños. "
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Bibliografía: http://www.iglesia.org/
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Publicado por:
Enrique

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