Tuesday, April 18, 2006

Extracto - Caballo de Troya


Después de unas “semi-vacaciones” con demasiadas sopresas vuelvo a publicar en éste mi espacio, leyendo e intentando procesar lo que me ha dejado esta nueva obra que he seguido siete veces, literalmente me devoré el libro.

El libro tan esperado de JJ. Benítez; Caballo de Troya 7 “Nahum” me dejó con varias ideas circundando en mi cabeza, como el mismo autor lo advierte si su fe se encuentra tambaleante o tiene ideas retrógradas en la tarea de sentir y percibir en este mundo,
no lo lea., y es cierto. Pero en mi caso desde el primer tomo que leí me ha causado el efecto contrario el no poder ni siquiera imaginar cuánto amor nos tiene el Padre.

Ahora estoy más que seguro que no era coincidencia que una tarde mi primo me prestará su tomo 1 Caballo de Troya para que lo hojeara y si es que me gustaba lo leyera…. Ahora sin miedo digo, que no me arrepiento de haberme “topado” con ésta obra.


Me tomé la libertad de extraer una de las muchas conversaciones y momentos claves del último libro Caballo de Troya 7 que se ajustan a todo momento y tiempo, como dice “Jason” (personaje del libro); nada es coincidencia, el destino a veces es juguetón y que yo haya llegado a leer los 7 volúmenes justo ahora debió ser por algo.

Estoy conciente de que como todo en este mundo tiene sus pro y contra, me decidí a discernir las mejores ideas que contiene esta magnífica obra en mi opinión; mi actitud positiva me hizo escoger los siguientes párrafos que si son pura imaginación del autor (JJ:Benítez) tienen un matiz que no se cómo explicarlo, me atrevo a decir que “algo” o “alguien” lo inspiro. Sin duda se siente…

Extracto de Caballo de Troya 7 Nahum (Página 66-73)

No pregunté si aquel era el caso de “Tinieblas”. Lo que importaba es que situaciones tan injustas habían conducido a la creación de guetos como el kan del Hule. Porque en suma, de eso se trataba: un lugar escondido entre pantanos, lejos de los núcleos urbanos y de las conciencias de los más religiosos.
─…Así lo quiere─murmuró Assi por segunda vez─.

Ése es el deseo del Santo, bendito séa su nombre…

No esperó respuesta. Se alzó y, tras desearnos la paz, se dirigió hacia una de las cabañas. Hašok, Tinieblas, se fue tras él. Imaginé que debían madrugar…

Jesús sentado a la turca, me observó fugazmente. Fue como un calambre. Aquella mirada jamás pasaba desapercibida para el corazón. Nos habíamos quedado solos, con la única compañía del fuego y el silencio. Y, una vez más, hizo fácil lo difícil…

─ ¿Crees que el Padre lo quiere así?
Lo miré sin terminar de captar. La voz, templada, prosiguió:
─ ¿Crees que el Padre condena a sus hijos a la enfermedad?
─Lo importante, Señor, no es lo que yo crea, sino lo que ellos ─y señale la oscuridad de las chozas─entienden. Tú has enseñado que ese Padre es amor…
Guardó silencio durante unos instantes. Tuve la sensación de que medía las palabras.

En aquel tiempo, como ya he referido en otras ocasiones, la enfermedad era una consecuencia directa del pecado, incluso por omisión. Se trataba de una concepción exclusivamente religiosa de lo que hoy entendemos como dolencia o patología. Fue inventada por los mesopotámicos. La Biblia está sembrada de alusiones a esta trágica ecuación: pecado = cólera divina = castigo (enfermedad) (2)





─Lo que tu observes, lo que escuches y, sobre todo, lo que termines por creer, sí es importante. Eres un enviado. Después, cuando regreses, sé fiel. Otros descubrirán la verdad de tu mano. ¿Es importante o no?

Sonrió, acogedor. Jesús volvía a ser el del monte Hermón. Risueño, afable, comunicativo.

─Responde a mi pregunta: ¿consideras que el Padre desea el mal y la enfermedad?

─Si yo tuviera un hijo─repliqué, un tanto abrumado─, nunca lo castigaría con una enfermedad. Probablemente─rectifiqué─, no lo castigaría.

(2) Sirva como ejemplo lo recogido en el salmo 38: “Yavé, no me corrijas en tu enojo, en tu furor no me castigues. Pues en mí se han clavado tus saetas, ha caído tu mano sobre mí; nada intacto en mi carne por tu enojo, nada sano en mis huesos debido a mi pecado.” (Notas del mayor).

Y en mi mente quedó flotando una frase que no supe interpretar en esos instantes: “cuando regreses…”. ¿Por qué hablaba en singular? Pero, sumido en la conversación, aquel “chispazo” ─importantísimo─se extinguió y no volví a recordarlo…, hasta un tiempo después.

─En verdad te digo, Jasón, que estás próximo a la esencia de la cuestión. El problema es que no conoces al Padre─todavía─, y por tanto, no sabes que las palabras “castigo” y “pecado” no son concebibles para Él. Sois vosotros los que habéis levantado esas calumnias contra Dios.

Percibió mi confusión y, animándome con una interminable sonrisa, trató de ir paso a paso.

─Empecemos por el final. ¿Qué és para ti el pecado?

─Si yo fuera religioso ─maticé─, lo entendería como una trasgresión de las leyes y los preceptos divinos.

─ ¿Y cuáles son esas leyes y normas?
Me sorprendió. Él lo sabía mejor que yo. Él conocía la Tora y los 613 mandamientos revelados por Moisés (365 prohibiciones, según el número de días del año solar, y 248 órdenes positivas que ─decían─correspondían a las partes del cuerpo humano).

No me dejó responder.
─ ¿Crees que el Padre dictó esas leyes?
─Tengo entendido que fue Yavé…
La mirada, como una daga, me advirtió.

─No estoy hablando de Yavé, sino del Padre, el Número Uno, como dice tu hermano…

Me atrapó.
─ ¿Sabes cuál es la única ley para el Padre?
─El amor. Eso lo sabemos por ti…

─Y el profeta Amós lo resumió en un solo mandamiento: “Buscadme y viviréis.” Eso es lo que solicita el Padre: buscarlo. Ésa es la única ley.”


Pues bien, dime: ¿qué castigo puede derivarse del incumplimiento de esa ley? ¿Crees que si el hombre no busca a Dios es un pecador?


Me dejó perplejo, una vez más.

─Pero ésa, querido amigo, aún siendo importante, no es la cuestión principal. El problema, cómo te decía, es que la inteligencia humana no está preparada para entender la naturaleza del Número Uno. Es lógico. ¿Recuerdas la mariposa en el extremo de aquella rama?

Asentí en silencio. El Maestro se refería a la Euprepia oertzeni, el hermoso lepidóptero que se había posado en la rama que sostenía Jesús en una de las inolvidables noches en torno al fuego, en el Hermón. Recordaba muy bien sus palabras:

“Dime, querido ángel, ¿crees que esa criatura está en condiciones de comprender que un Dios, la está sosteniendo?”

─No (dijiste), hay demasiada distancia…

Y el Maestro siguió abriendo camino.

─…Correcto. Hay una distancia tan inmensa que ninguna mente humana puede sospechar cómo es el Padre. Lo finito (lo sabes muy bien) no está hecho para lo infinito. Mientras viváis sumergidos en el tiempo y en el espacio, no podréis intuir siquiera que hay más allá, en las regiones del espíritu.

Jesús alivió la tensión. Señaló el negro y parpadeante firmamento y preguntó:

─ ¿Podría captar la mente de Aru el orden que rige las estrellas? Y, si no es así, ¿cómo aceptar que pueda ofenderlas? ¿Por qué sois tan vanidosos y engreídos? Si ni siquiera comprendéis a Dios, ¿cómo os atrevéis a colocarlo a vuestro nivel? ¿Cómo es posible que lo juzguéis capacitado para ser ofendido y castigar?


No parpadeé. El Maestro fue rotundo.

─… ¿Pecar? ¿De verdad estimas que una criatura finita puede molestar, injuriar o provocar a Dios? ¿Crees que Dios es humano?


─Tú, sin embargo, has hablado (y hablarás) del pecado y de los pecadores…

─Os lo dije una vez: cuando llegue mi hora hablaré como un educador: Tú, mejor que nadie, deberías entender a que me refiero. Habrá momentos en los que mis palabras deberán ser tomadas como una aproximación a la realidad. Ellos─añadió, refiriéndose a los que habitaban el kan─son la consecuencia de una época. Sólo conocen un lenguaje…Vosotros, en cambio, estáis más cerca…


Lo interrumpí. El asunto del “pecado” me tenía perplejo. Nunca fui un hombre religioso y, en cierto modo, me satisfacía la postura del Galileo. Pero…

─Si el pecado no existe, al menos como ofensa al Padre, ¿que sucede con los asesinos, ladrones, etcétera? ¿No son pecadores?

El Hijo del Hombre esperaba la pregunta. Dibujó una media sonrisa y negó con la cabeza.

─Una cosa es intentar ofender al Padre (imposible, como te he dicho) y otra muy distinta causar daño a tus hermanos, los seres humanos. Cuando alguien incumple esas leyes está infringiendo las normas que rigen entre los hombres. No confundas ese pecado con el otro…

─Pero, a fin de cuentas, Dios castiga a esos pecadores, digamos, “de segunda”…

─Nuevo error, mi querido Jasón. El Padre es amor. Ya lo hablamos. Si el pecado no forma parte de la conciencia de Dios, y así es, ¿por qué pensar que es un juez castigador? Ni pecado, ni castigo son conceptos comprensibles para el amor. Y Él, tu Padre, el Número Uno, es el amor…
─Lo sé, con mayúsculas.
─ ¿Crees entonces que Él desea y envía la enfermedad?


Silencio.

─ ¿Puedes admitir que una persona enamorada imagine siquiera cómo ofender y castigar a su hombre o mujer amados?

Jesús permitió que las ideas planearan sobre mi corazón. Después, pausadamente, fue descendiendo…

─El Padre (no Yavé) no lleva las cuentas. Te lo dije: confía. Ahora estáis ciegos, pero algún día se hará la luz en vuestras inteligencias. Todo obedece a un orden, incluida la maldad.

La palabra “orden” se propagó solemne en mi interior. Aquello era nuevo para mí. Demasiado nuevo…

─Lo sabes muy bien, Jasón. La enfermedad no es un castigo divino. Su origen es otro. La enfermedad sólo existe en los mundos materiales. Forma parte del proceso natural. Pero ¿cómo explicárselos a éstos pequeñuelos?
¿Podriás hacerlo vosotros?


─Necesitan tiempo─murmuré con tristeza.

─Y vosotros también…Confía, querido amigo. Sólo se os pide eso: confianza. En el amor no hay resquicios.

─Entonces, Yavé… ¿quién es?

─Di mejor quién fue…

Esperé, intrigado. El Maestro se perdió en el flamear de las llamas y así permaneció durante un tiempo que se me antojó interminable. Me arrepentí de la pregunta. Quizá no era oportuna. Finalmente, regresando a mí, sentenció:

─Éste es otro momento en el que mis palabras sólo pueden aproximarse a tu realidad. Digamos que fué un “instrumento”…

─ ¿Quieres decir que no era Dios?

No respondió. Su mirada buscó de nuevo los rojos de la hoguera y quién esto escribe creyó “leer” en el silencio.

─ ¿Por qué tanta confusión?

El Maestro volvió a negar con la cabeza. En parte comprendí su impotencia a la hora de trasmitir ideas.




─Te lo he dicho. Todo obedece a un orden. Nada es casual. Lo que tú estimas como confusión es falta de perspectiva. Acabas de ser imaginado por Él. Acabas de aparecer como criatura mortal. Todo te parece confuso. Eres un recién llegado. Confía y recibirás la información…, en el momento adecuado. Éstos conciben a Dios como un juez y creen que el ideal es la total sumisión a los preceptos. La justicia divina (para ellos) es algo lógico. En el futuro, gracias a mensajeros como tú, eso cambiará. El mundo recordará mis palabras. Reconocerá el verdadero rostro de ese Dios-Padre y, sencillamente, lo buscará…

─Un momento─lo interrumpí─ ¿estás diciendo que algún día, en el futuro, la justicia divina desaparecerá?

No es fácil concebir a un Dios sin justicia…

─Ahora, así es. Ése es el orden del que te he hablado.
El amanecer llega siempre después de la oscuridad. Pero habrá un mañana y el mundo descubrirá que el Dios justiciero (como Yavé) forma parte de un tiempo pasado. Es más: te diré algo que ya deberías saber…


Me observó con picardía.

─El Padre nunca ha sido justo…

Y el Maestro, comprendiendo mi extrañeza, suavizó la afirmación:

─Al igual que sucede con el concepto de pecado, sois vosotros, los hombres, quienes habéis decidido que Dios imparta justicia…

─ ¿Y no es lo justo?

─El amor no precisa de la justicia. Insisto: es el ser humano el que se empeña en hacer a Dios a su imagen y semejanza. Yo dije en cierta ocasión que la divina justicia es tan eternamente justa que incluye, inevitablemente, el perdón comprensivo. Ahora, en el silencio de éste lugar, te digo que mis palabras se quedaron cortas.
Ahora, y a ti, mi querido mensajero, te digo que el Padre jamás ha necesitado de la justicia. Si el pecado, como ofensa a la divinidad, no forma parte de la conciencia de Dios, ¿Dónde queda la justicia? ¿Comprendes el porqué de mis palabras? ¿Comprendes cuando digo que Dios nunca ha sido justo?


─Permite, Señor, que vuelva sobre mis pasos. Si el Padre no precisa de la justicia, ¿Qué hacemos con los malvados? ¿Quién los juzga? ¿Cómo y donde pagan sus atrocidades?

El Hijo del Hombre inspiró profundamente. Sus ojos, lejos de reprochar, me acogieron con dulzura, E intentó descender a mi realidad una vez más…

─Éste es un lugar especial─asocié sus palabras al kan (grave error) ─. Aquí, por expreso deseo de la divinidad, se autoriza todo: lo más noble y lo más bajo. Pero eso, Jasón, no significa que la creación se le haya ido de las manos al Padre. Te lo he dicho: nada escapa al amor del Número Uno. La maldad, incluso, forma parte del juego…

Era cierto. No prestaba la suficiente atención. Y, cómo un tonto, insistí…

─Pero ¿quién hace justicia?, ¿quién pide cuentas?

─También lo hablamos. Después de la muerte, nadie juzga. El amor nunca juzga. Sé paciente y confía. Existe un orden que tu apenas distingues…

─Entonces, ¿qué debemos hacer?

Jesús respondió con una sola palabra:

─!Yeda!... !Dar gracias!

Así terminó aquella intensa jornada.

1 comment:

baltasar said...

MUY BUENO TU BLOG, ES ESTIMULANTE.
TE ANIMO A PARTICIPAR EN LA POLEMICA.
http://baltasar-polemica.blogspot.com
TUS COMENTARIOS SERAN MUY IMPORTANTES PARA MI.